La Línea Clara

UN BLOG SOBRE TENDENCIAS, MERCADO, CULTURA Y CRÍTICA DE COMIC, ESPECIALMENTE EN SU VARIANTE DE NOVELA GRÁFICA, EUROPEA MAYORMENTE, Y CON ESPECIAL QUERENCIA POR LA LÍNEA CLARA @AlexRuizPosino
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Uli Oesterle nos descubre un Múnich negro, negrísimo, en Hector Umbra

Hector Umbra, de Uli Oesterle, y editado por Dibbuks, hará las delicias de numerosos aficionados al cómic, ya que brilla en diferentes aspectos. De entrada, y sin destapar una trama que tiene giros inesperados, es una obra muy contemporánea que se suma a los intentos de actualizar los géneros canónicos. En este caso, Hector Umbra es un cómic “negro”, que conecta directamente con el hardboiled, la novela negra clásica norteamericana. Su protagonista, muy bien perfilado, está cercano a Sam Spade, Philip Marlowe o Lew Archer: un hombre razonablemente maltratado por la vida que aun mantiene un hálito de honor y que emprende una búsqueda en aras de la amistad, flanco en el cual ha sido sacudido recientemente. Este argumento se enriquece rápidamente en diferentes niveles.

De entrada, el escenario en el que se sitúa la acción es, al menos a ojos del lector hispano, novedoso: la muy seria, organizada, limpia y aburrida Múnich, con algunas excursiones a Baviera. Pues bien, frente a esta imagen estereotipada Uli Oesterle nos ofrece una vida nocturna muy jugosa y una mirada a lo que Jacob Riis denominaba “la otra mitad”: dementes, indigentes, pícaros de la noche… Créanme, estimados lectores, si les digo que el resultado es acertado y, a partir de ahora, deberemos pensar en un Múnich mucho más sombrío.

El segundo refinamiento de Oesterle consiste en introducir una realidad alternativa en la trama. Sin entrar en detalles, que arruinarían la diversión, valga la pena comentar que esta opción conecta a Hector Umbra con la que es una corriente poderosa de la ficción contemporánea, la que juega con habilidad y buen pulso narrativo a hacer que la historia cabalgue por dos realidades paralelas pero conexas.

Y, como complemento final, un elenco de personajes excelentemente esculpido, tanto los protagonistas como los impagables secundarios: los amigos de Umbra, fundamentales en la historia; diferentes secundarios que, a un tiempo, ayudan a entender a Umbra, y cómo ha llegado a ser como es, y a precipitar los acontecimientos; unos malos, malísimos, pero además…especiales.  

Así la planteada  la historia, Oesterle  demuestra un dominio notable de la narrativa gráfica, optando por  un trazo realista que deriva en cierto momentos hacia el expresionismo. Aunque puede sonar muy manido asociar a los historietistas alemanes con la herencia, muy presente, del expresionismo germano, lo cierto es que Hector Umbra es una historia cuyas dos almas (la realista y la, digamos, alter-realista) demandan esta mixtura de estilos. También es un notable acierto todo lo que tiene que ver con el tratamiento de la música, un eje argumental que deviene en protagonista por sí mismo y, como es evidente, de difícil traslación a un medio “mudo” como el cómic. Y, finalmente, Oesterle  se luce en el diseño gráfico de sus personajes. Algunos críticos han mencionado que el estilo de Oesterle  presenta connotaciones con el de uno de los grandes, Mike Mignola. Ciertamente, se puede entrever un aire de familia y un imaginario con puntos de contacto. No en vano el propio Mignola ha manifestado su admiración por el trabajo de Uli Oesterle. 

En definitiva,  y retomando el inicio, Hector Umbra es una obra muy bien resuelta y eficaz. Nos va a proporcionar, además de un buen rato de lectura, un gusto clásico muy apetecible combinado con un aderezo muy de nuestro tiempo. Se trata, también, de una obra ambiciosa, que, y esto es solo una indicación de sus aspiraciones, suma más de 200 páginas organizadas alrededor de tres libros que conforman el álbum. Finalmente, agradecer que Dibbuks siga mostrando un afinadísimo criterio editorial que, en una etapa de cierto exceso de oferta, se agradece enormemente.

Para saber más:

Imprescindible una oejada a la web del propio Uli Oesterle, en especial a las páginas que le dedica a Hector Umbra.

Algunas buenas críticas internacionales sobre el álbum en Forbidden Planet, Broken Frontier y CómicBuzz

Reseña: Héctor Umbra, de Uli Oesterle, @Dibbuks: una muestra del mejor comic “noir” contemporáneo

Tras un primer álbum deslumbrante, la duda nos carcomía: ¿mantendrían el tono Blain y  Lanzac en este segundo Quai d‘Orsay? El nuevo álbum, publicado por Norma Editorial (@Normaeditorial), aleja la incertidumbre al respecto y va a dar cumplida satisfacción a todas las expectativas de los lectores. Estamos en presencia de una obra redonda y que va a gustar por igual a los que disfrutaron de la primera entrega como a los que aterrizan directamente en esta segunda parte de la serie.

Pero proporcionemos, de entrada, algo de contexto. Para evitar riesgos de destapar demasiado de la trama, anticipemos únicamente que Quai d’Orsay es la historia de Artur Vlanik, un joven francés (de izquierdas) que se integra en el gabinete de un ministro de asuntos exteriores (de derechas) para escribirle discursos. Pronto las cosas se complican, el joven queda prendado de la dinámica política y de la desbordante personalidad del ministro, entra en el círculo de colaboradores más íntimos y con dicha entrada se precipita en una vorágine que lo transformará profundamente a nivel personal.

La historia funciona excelentemente porque el guión, firmado por el propio Blain y por Lanzac, se adapta perfectamente al talento del mencionado Blain, sin duda uno de los autores fundamentales de la actual historieta europea . Sobre Blain, con decir algo es más que suficiente. Sigue controlando magistralmente todos los resortes de la narración gráfica como pocos. Domina el tempo, explota en cada momento el recurso de la historieta que conviene y aprovecha magistralmente una historia que le va como anillo al dedo, ya que combina dos, íbamos a decir debilidades, mejor las caracterizamos como obsesiones, que encontramos en otras de sus obras (como la fundamental Isaac, El Pirata). La primera, la de plasmar la transformación del protagonista desde la ingenuidad a los recovecos de la madurez (del blanco de la inexperiencia a los grises tirando a negro de la realidad, digamos adulta). La segunda, la pasión por el momentum, por el ritmo trepidante, por el dinamismo, especialmente adaptado para plasmar el hecho de que la vida le pasa por encima al protagonista, tesitura que produce el proceso de maduración que antes aludíamos.

El guión de Lanzak y Blain funciona perfectamente. Lanzak es el pseudónimo de un excolaborador de Dominique de Villepin, el ministro de exteriores de Jacques Chirac , y cuya figura inspira el del imaginario ministro Alexandre Taillard de Vorms. Su visión desde el interior del sistema impregna al relato de un realismo y de una veracidad que solo se pueden obtener de la experiencia personal. El resultado es deslumbrante. Como decía en la crítica del primer Quai d’Orsay , la política queda desmitificada, pero no en el sentido habitual. Frente a las posiciones que a veces hacemos nuestras como ciudadanos de a pie consistentes en ver a los políticos como cínicos que únicamente están en política para medrar por sus propios intereses, el ministro de Lanzak y Blain, especialmente uno de un ego tan gigantesco que trata de dejar su huella en la historia, tiene mucho de títere de un sistema que, muy a su pesar, no controla. En este esfuerzo de trascender de unas circunstancias de hecho muy restrictivas, y fruto de una personalidad apabullante, el ministro arrastra a todo el que orbita a su alrededor, incluyendo, por supuesto, al pobre escritor de discursos Vlanik.

La evolución de Vlanik está narrada con brillantez. Sus momentos epifánicos cuando recibe el elogio escasísimo del ministro (o incluso meramente su atención: brillante es la escena en la que el ministro permite a Vlanik acompañarle a orinar juntos y le transmite una pequeña píldora de sabiduría vital), sus tensiones enormes (que lo corroen) al ser incapaz de controlar a dos “amos” (al susodicho ministro y a su novia, esta sí una víctima total del sistema), su creciente dependencia del hecho de estar (y de mantenerse) en el círculo interior del ministro, etc.

Tanto si usted, estimado lector, ha leído el primero de los álbumes de la serie, como si se trata de su primera incursión en el mundo del Quai d’Orsay, va a disfrutar con esta historia de un dibujante que se mantiene en un punto exquisito de su trayectoria autoral.  Y sin más, pasen y entre, el ministro les espera…

Para saber más:

Recomendación rápida en RTVE http://www.rtve.es/noticias/20121006/grandes-comics-humor-para-fin-semana-goliat-quai-dorsay-lincoln/566466.shtml

Una reseña muy recomendable de Pepo Pérez en Número Cero http://numerocero.es/critica/quai-orsa-cronicas-diplomatica-tomo-2/966

Y como postdata, la noticia que nos trae Entrecomics sobre la futura adaptación cinematográfica de Quai d’Orsay http://www.entrecomics.com/?p=80058

Quai d’Orsay, 2, de Blain y Lanzac, @Normaeditorial: una obra de madurez de Christophe Blain, donde el historietista demuestra su dominio del género (y aprovecha el conocimiento de Lanzac de la política desde dentro). Muy recomendable.

Quai d’Orsay, 2, de Blain y Lanzac, @Normaeditorial: una obra de madurez de Christophe Blain, donde el historietista demuestra su dominio del género (y aprovecha el conocimiento de Lanzac de la política desde dentro). Muy recomendable.


Mientras los géneros clásicos, en sus formulaciones mas canónicas (la novelas de aventuras, la novela de misterio, a no confundir con la novela negra actual, género más cercano a la crítica social), han prácticamente quedado orillados de la literatura “seria” y para adultos (sobreviviendo en cambio en el crossover y en la literatura juvenil, como atestigua la reciente y muy recomendable La Isla de Bowen, de César Mallorquí, editada por Edebé), el comic sigue dando oportunidades a estos géneros. Green Manor, de Denis Bodart (dibujo) y Fabien Vehlmann (guión), editado por Dibbuks es un ejemplo prominente en este sentido.

Green Manor 

La obra entronca directamente con las clásicas historias de misterio que abundaron desde finales del siglo XIX y que florecieron en el primer tercio del siglo XX . PD James, en su muy recomendable Todo lo que sé sobre novela negra, nos recuerda cómo era la novela negra (entonces, novela de detectives) hacia 1920 y nos ilustra que, en esa época dorada del género, gran parte del gozo derivaba de lo intrincado de la trama, de los giros inesperados de la misma, del glamour de unos detectives improbables por lo excéntrico (es una época de preferencia por los detectives excéntricos)  y de una resolución del misterio sorprendente y alambicada. Pues bien, Green Manor, tiene todo eso, pero también mucho más.

El disfrute de Green Manor empieza ya en un plano estrictamente físico. La edición de Dibbuks es extremadamente acertada, simulando el aspecto y la textura de un antiguo ejemplar decimonónico. Porque ese es, estimado lector, precisamente el juego que propone el historietista Bodart y el guionista Vehlmann: recrear en nosotros la esencia de los mejores tópicos victorianos y generar igualmente una revisitación de nuestra siempre latente (pero vivísima) anglofilia.

Imagen 

Con un clara reminiscencia a los relatos cortos de Sherlock Holmes (y, por tanto, no tanto a sus novelas), las tramas de Vehlmann, excelentemente aunadas con el dibujo de Bodart y el color del propio Bodart, de Scarlett y de Étienne Sinom, son especialmente afortunadas, con una especial tendencia a incluir giros inesperados de los que nos acaban obligando a replantearnos toda la historia. Es realmente difícil no arrancar algún gruñido de satisfacción ante algún requiebro inesperado en todas las historias. El dibujo de Bodart es efectivo y, como ha comentado algún crítico como Santi Selvi en Culturamas (no se pierdan su reseña, por favor; ni tampoco la de los amigos de El Foro de la BD, la disfrutarán), muy clásico. Ello no desmerece en absoluto la obra, ya que encaja con todo el aroma un tanto añejo (valoración que en mi caso tiene connotaciones positivas) de Green Manor.

En definitiva, se trata de un álbum muy recomendable, atractivo para nostálgicos anglófilos, provictorianos y otras almas perdidas como el que escribe estas líneas y, confío, como usted mismo, estimado lector.

Para saber más:

La página de novedades de Dibbuks nos da buena información sobre Velhman (auténtica estrella emergente como guionista en el mundo de la BD) y Bodart: http://www.scribd.com/doc/64949779/Dibbuks-Octubre-Green-Manor

Para entrar en el universo gráfico de Denis Bodart, te sugiero, estimado lector, una visita a su blog http://denis.bodart.over-blog.com/pages/Bibliographie_Bibliography-1186806.html

Y otro tanto con el blog de Fabien Vehlmann, que no defrauda las altas expectativas que sobre él tenemos http://vehlmann.blogspot.com.es/

Vayan por delante las declaraciones de principios: fanático uno como es de Alfonso Zapico, de los textos biográficos y autobiográficos y de los making off, la Ruta Joyce es terreno abonado para una crítica entusiasta y positiva. Intentaré, al menos, justificar mi posición mediante medio decálogo:

1. Por lo que Dublinés no enseña, pero la Ruta Joyce, sí

Dado que lo que tenemos entre manos es el intento, seguramente imposible, de dar cuenta de lo que sucede tras el impulso (irracional, por supuesto) de escribir un cómic como Dublinés, poco habitual en nuestros lares (¿quién se atreve con un autor literario, relativamente citado, escasamente leído, mediante un género como el cómic?), uno espera que el proceso creativo quede puesto al descubierto. Aunque seguramente la creatividad se nos escapa entre las manos (¿cómo podría ser de otra manera?), lo que sí nos ofrece Alfonso Zapico es una muestra tangible del enorme trabajo previo que el autor encara para hacer la obra, y lo hace con una notable amenidad. Al final a uno de queda claro que algo hay de verdad en aquellos que afirman que si vale la pena hacer un trabajo, vale la pena hacerlo bien.

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2. Por la generosidad

Zapico se nos abre con sinceridad de forma generosa. Se ilustran los falsos caminos en el proceso creativo, las decepciones (magistral cuando descubre, primero él, luego su editor, que en Irlanda no se leen comics), las ocasiones en que no sabe hacia dónde se dirige el proyecto. También generosidad al mostrarse tal y como es en su ámbito más o menos privado. Aunque las reglas del juego de la autobiografía son esas, no siempre se siguen. Y, finalmente, generosidad en regalarnos algunos pequeños descubrimientos como insiders, como la casa de los autores de Angouleme o el impagable Atelier 54 de París.

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3. Por la querencia por las ciudades

A uno, por sus personales debilidades, le quedaron muchas ganas de ver más dibujadas las atractivas ciudades en las que discurre la vida de Joyce y, por tanto, Dublinés. Ahora, realmente, la Ruta Joyce más que compensa. Las ciudades son las autenticas protagonistas y el dibujo, excelente, así lo refleja. Sin la suerte de haber visitado Trieste, uno sí que ha disfrutado enormemente de ver dibujadas tres ciudades maravillosas, París, Dublín y Zurich. Es un privilegio entender (un poco) como se va formando la visión de Zapico, que le preocupa, a que temas es sensible, y, de vez en cuando, algunas píldoras sintéticas, de conclusiones. Son especialmente atractivas las viñetas en las que consigue captar la esencia del lugar, como las tres almas de Trieste, que clava en las páginas 68 y 76.

4. Por la triste (pero bella) historia europea

Desde siempre, lo que uno encuentra en lo que lee es lo que está en su cabeza. Una de las manías personales es la tristeza que le proporciona la ruptura de Europa que se produce con la Primera Guerra Mundial. Este evento, de lejos más definitorio para nuestro presente que la más publicitada Segunda Guerra Mundial, trunca un espacio cosmopolita y abierto que existía hacia el 1900 (ciertamente, con infinitas injusticias).

Además de revivir el suicidio europeo de la Primera Guerra Mundial, se puede revisitar a través de la Ruta Joyce lo efímero de los momentos dorados de las ciudades y lo rápido que se puede transitar hacia la degradación. La comparación del Triestre de 1912 con el de 1919 y el 1939 es definitiva.

portada

5. Y, sí, por el dibujo también.

Bueno, ¿y el dibujo, qué? Al final, este es el periplo vital de un historietista y es obligado referirse al aspecto estrictamente gráfico de la Ruta Joyce. Pues en este ámbito, la Ruta Joyce no decepciona en absoluto. La actual fase de Zapico es muy buena. Vista el perspectiva, su evolución del dibujo, progresiva pero apreciable, desde su “La guerra del profesor Bertenev” al actual dueto Dublinés/La Ruta Joyce, lo ha situado en un nivel excelente. Solo por citar un ejemplo, en la Ruta Joyce son especialmente atractivas las viñetas a página completa.

Así que, por favor, entren y sigan la Ruta Zapico. Van a disfrutar.

Para saber más:

De entrada, los links editoriales de Astiberri de la Ruta Joyce (http://www.astiberri.com/ficha_prod.php?cod=larutajoyce) y de Dublinés (http://www.astiberri.com/ficha_prod.php?cod=dublines).

Después, ¿por qué no seguir con la reseña de esta misma Línea Clara de Dublinés (http://lineaclara.tumblr.com/post/18894570990/dublines-de-alfonso-zapico-astiberri-ediciones) y con el perfil de Alfonso Zapico (http://lineaclara.tumblr.com/post/18894470342/zapico-uno-de-los-mejores-autores-de-novela-grafica)?

También es recomendable la web del propio Zapico, que además parece estar iniciando un proyecto de blog que ya nos hace relamer de gusto: http://www.alfonsozapico.com/ 

Para los que nos iniciamos en el rito holmesiano de la mano de las beneméritas ediciones de la biblioteca de bolsillo junior de Moby Dick, cualquier aproximación gráfica al genial detective la realizamos con cierta aprensión. Hay que recordar que en dichas ediciones, dirigidas a un público juvenil, uno se encontraba, contra todo pronóstico, con las ilustraciones originales de Sydney Paget que aparecieron en The Strand Magazine durante finales del XIX y primeros años del XX. Estas bellísimas ilustraciones se agermanaron con los textos imperecederos de Arthur Conan Doyle de una forma que hasta el advenimiento masivo de los nuevos medios de impresión de la prensa tardodecimonónica era impensable. Holmes es el que es en nuestro imaginario colectivo en no poca medida porque su personalidad gráfica quedó marcada desde el mismo momento de su nacimiento. Dada esta tradición gráfico-literaria, cualquier nueva incursión en el mito se encuentra delante de dificultades manifiestas. Este Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona de Sergio Colomino y Jordi Palomé, acabado de editar por Norma Editorial (http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/012034400/0/sherlock_holmes_y_la_conspiracion_de_barcelona), las supera holgadamente.

En el aspecto puramente gráfico, el álbum se beneficia del excelente dibujo de Jordi Palomé, acompañado en el color por Mado Peña. Precisamente, uno de los aspectos más acertados es la elección del color. Con unos tonos que se podrían describir como asepiados (probable barbarismo que el lector me perdonará), se consigue que, manteniéndose en el color, el efecto resultante nos recuerde poderosamente a las grises imágenes fotográficas que todos tenemos en la mente al pensar en la Barcelona de finales del XIX.  

El dibujo y el color, además, se ven acompañados de un guión notablemente solvente. Aquí, igual que en el aspecto gráfico, me gustaría destacar un elemento especialmente afortunado. Sin entrar a desprecintar la trama, pecado imperdonable en La Línea Clara, sí avanzo que uno de los protagonistas, el joven Maspoch, acaba proporcionando el punto de vista esencial. Se trata de un acierto que, a un tiempo, respeta la opción narrativa de Doyle y permite que esta sea una aventura de Sherlock Holmes con regusto genuinamente barcelonense. El buen guión, producto de la labor de Sergio Colomino, ve garantizado su respeto a los elementos centrales del canon holmesiano por su pertenencia (uno diría, más bien feligresía) al Círculo Holmes, sociedad sherlockiana de nuestro país. Las esencias, en definitiva, están en buenas manos.

Concluyendo, destacar que los sherlockmaniacos no se van a sentir traicionados, más bien lo contrario. En un momento que el mito se revisita con frecuencia (en pocos meses, nos hemos ventilado, con mayor o menor aprovechamiento, la segunda temporada del Sherlock de la BBC –excepcional-, el segunda de los filmes de Guy Ritchie sobre Sherlock Holmes y la Casa de Seda, de Anthony Horowitz, la primera novela que recibe el aval del Conan Doyle State, los herededos del autor), el Sherlock Holmes de Colomino y Palomé, es una más que recomendable lectura que no desmerece con las anteriores. Y si, usted, estimado lector, no ha mordido todavía la manzana de la perdición holmesiana, quizás este buen álbum, que disfrutará como una trepidante aventura con trasfondo de crítica social (cuántas analogías entre el tardovictorianismo y nuestra época, ¿verdad?) , puede ser la puerta de entrada a una mundo apasionante y del que ya nunca podrá (si es que quisiese) huir. Adelante, Holmes espera y ya saben que su paciencia con lo obvio (y obvio es que van a entrar) nunca ha sido su fuerte.

Dado que uno tiene cierta tendencia a la grandilocuencia en el uso de los calificativos en las reseñas de La Línea Clara, fruto del entusiasmo que le producen estas pequeñas y grandes maravillas que nos está deparando el buen momento actual del comic, ante una obra como La Ciudad de Frans Masereel (originariamente publicada en 1925 y ahora afortunadamente recuperada y preciosamente editada por Nórdica Libros, http://www.nordicalibros.com/ficha.php?id=111), lo mejor es dar la palabra a dos voces indiscutibles. La primera, la de un maestro del género como Will Eisner, que reconoce en el prólogo de Contrato con Dios su deuda con Masereel y con otros autores de las llamadas novelas en imágenes como inspiración clave. Pero la importancia de Masereel no se puede reducir al comic y a la novela gráfica. Stefan Zweig, autor clave de la cultura europea de entreguerras, se despachó con este juicio que reproduzco íntegramente: “Si todo desapareciera, todos los libros, las fotografías y los documentos, y sólo nos quedaran los grabados que ha creado Masereel, a través de ellos tan sólo podríamos reconstruir nuestro mundo contemporáneo”. Me parece que queda meridianamente claro que existe coincidencia en que estamos ante un autor, y una obra, fundamental.

¿De dónde deriva esta importancia? En una etapa central de la formación de algunos de los lenguajes claves del siglo XX –el cine, las vanguardias pictóricas, el cómic– Frank Masereel publica lo que se conocieron como novelas en imágenes o libros sin palabras (picture novels o wordless novels, en inglés). Se trata de unos libros que, en el caso de La Ciudad de Masereel, presenta la forma de una ilustración por página en la cual se reproduce un grabado en madera. Este tipo de grabado proporciona una capacidad expresiva notable, y de hecho no se entiende esta opción de Masereel sin recordar que la xilografía y el grabado son recuperados por los expresionistas del primer tercio del XX como técnicas artísticas fundamentales. La fuerza, el poder de evocación, el fuerte lirismo de los grabados de Masereel son tales que es difícil sustraerse a ellos una vez “leídos” (evidentemente, estimado lector, el término no es el correcto pero sí es el adecuado, porque en Masereel, como en todos los maestros del género, lo que acaba cimentando su grandeza es la unión del dibujo con la historia).  

Además, y siguiendo con los aspecto formales, la opción de una ilustración por página agermana a Masereel con el cine mudo de los años ’20. Y más concretamente, con un género que en esa época hace furor, el de las llamadas sinfonías urbanas. Se trata de obras cinematográficas, con cierta apariencia de no ficción, en las cuales la protagonista absoluta es la ciudad. La Ciudad representa excelentemente la versión en papel de dicho género. Es difícil no concebir que la importancia de las sinfonías urbanas, cinematográfica o comiqueras, como la que nos ocupa, se debe a que se desarrollan en un momento histórico de cambio radical en las ciudades europeas y americanas. De hecho, cuando visito las páginas de Masereel, con su densidad, yuxtaposición de edificios, presencia del humo o onmipresentes multitudes, me vienen a la mente las muy contemporáneas imágenes de las inconmesurables ciudades chinas de la actualidad.

La influencia de las obras de Masereel, y especialmente de esta imprescindible La Ciudad, se nos hace extraña dado el actual desconocimiento actual sobre el género. Trasladada la novela en imágenes a Estados Unidos a través de la obra de Lynd Ward (que entra en contacto con los trabajos de Masereel durante sus estudios en Europa), el género vivirá una auténtica eclosión en la década de los ’30, entrando en una fase de rápida obsolescencia en la década de los ’40. Sin ánimo de forzar las explicaciones digamos teóricas, sí que parece lógico vincular el fuerte contenido de crítica social que caracteriza a la novela en imágenes (otra vez, influencia de Masereel, que dota de esta orientación a toda su obra) con un contexto, el de la Gran Depresión, que lo hace especialmente relevante. Cuando llegan los años cincuenta, y se inicia una etapa de prosperidad occidental que se alargará dos décadas, la novela en imágenes desaparece del panorama editorial y queda aletargada hasta su recuperación actual. Una suerte para nosotros, lectores de principios del XXI, que podemos volver a gozar con unas ilustraciones que no nos dejarán indiferentes. 

Para saber más:

La lectura de las páginas de Santiago García sobre la novela en imágenes de su libro La Novela Gráfica aporta mucha información sobre esta poco conocida plasmación del comic. Diversos de los elementos con los que he construido la reseña anterior son tributarios del buen texto de Santiago García. Si todavía no se ha tenido ocasión de leer La Novela Gráfica, esta puede ser una excusa excelente para bucear en la obra de Santiago García, un libro fundamental y que equipara, a mi juicio por primera vez, el ensayo en español sobre el comic con lo mejor de lo que se publica en inglés. http://www.astiberri.com/ficha_prod.php?cod=lanovelagrafica

Sobre Frans Masereel se puede consultar una referencia muy útil (desafortunadamente para los que no leemos ese idioma, en alemán salvo en algunos apartados, que también están en inglés):

Fundación Frans Masereel: http://www.frans-masereel.de/

Un excelente artículo de Borja Hermoso en El País, pueden servir para completar este recorrido por la obra y el autor: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/03/31/actualidad/1333208592_003603.html

A veces (no pocas, de hecho), nos apetece un buen trago de aventuras en estado puro. Pedimos una trama emocionante, unos personajes bien perfilados, un entorno a poder ser peligroso, unos y unas protagonistas bellos y bellas, ciertos roces (más o menos amistosos), algunos personajes con más dobleces de las esperadas, un cierto grado de muerte y de pesada herencia de actos pretéritos. Mezek, de Yann y Juillard, editado por Norma, nos proporciona este cóctel. Se trata de una aventura clásica, dibujada con la solidez que siempre garantiza André Juillard y con un guión bien ensamblado por Yann.

Empezando por este último, la historia siempre fluye y nos ofrece dosis ajustadas de sorpresa, acción y amor. También nos da cuenta de una época una geografía apasionante, el Israel de 1948, muy poco conocida entre nosotros y que da un juego notable (sobre este tema, estimado lector, puedes consultar mi post http://lineaclara.tumblr.com/post/21136777972/israel-1948-tierra-de-promision-comiquera-algunos).

Por su parte, el trabajo de André Juillard exhibe, como comentaba, la solvencia habitual sobre la que descansa su extensísima trayectoria. Destacan, por el tema del álbum, los soberbios dibujos de aviones (auténticos protagonistas de la historia) y las escenas en que ellos aparecen son de las mejores. Y aunque mucho más escasas, algunas viñetas en las que dibuja algunos de los maravillosos edificios del estilo moderno de Tel aviv, son auténticas delicatessen para los que degusten, como un servidor, las ilustraciones sobre ciudades y arquitectura.

En definitiva, una aventura ortodoxa que va a gustar, y mucho, a los que tengáis, como el que escribe estas línea, especial debilidad por los álbumes con trasfondo histórico y con mimbres de trama clásica.

Para saber más:

Como siempre, es recomendable empezar por el enlace editorial de Norma Editorial:

http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/012034394/0/mezek

Para después hacer boca con un video bastante atractivo:

http://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&ved=0CCAQtwIwAA&url=http%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3Do06SpSei3tU&ei=Vv16T7DWO6nW0QX7u7HDCQ&usg=AFQjCNEalHusA2NH7_vRqTHMJUD0trZhYQ&sig2=wGzCAT6BW5EHVUjd23onmg

Una entrevista muy informativa a Yann y Juillard sobre Mezek y su génesis: http://www.onirik.net/Interview-de-Yann-et-Julliard

Siempre es interesante recordar la trayectoria de Juillard. Para ello, un par de pistas de su prolífica obra, que ya entra en su cuarta década de producción (¡se dice pronto que en 1974 ya estaba en el ruedo comiquero dando guerra!):

http://lambiek.net/artists/j/juillard.htm

http://www.multiontwerp.nlmyimgwww.arthistoryclub.com/art_history/Andr%E9_Juillard

Igualmente, alguna referencia adicional sobre Yann:

http://lambiek.net/artists/y/yann.htm

La reciente publicación de Mezek (http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/012034394/0/mezek), de Yann y André Juillard, un álbum situado en el Israel del año 1948, me ha recordado otra obra reciente, el Café Budapest (http://www.astiberri.com/ficha_prod.php?cod=cafebudapest), de Alfonso Zapico (http://lineaclara.tumblr.com/post/18894470342/zapico-uno-de-los-mejores-autores-de-novela-grafica), publicado en 2008. Ambas obras, muy diferentes entre sí, coinciden en desarrollarse en la época del nacimiento del actual Israel. Como las noticias nos recuerdan una vez y otra, se trata de un episodio fundamental en la historia reciente, no sólo para Oriente Medio, sino para el resto del globo. Sin embargo, en el mundo del comic europeo (al menos según mis limitados conocimientos) dicho hito ha sido poco tratado. ¿Por qué coinciden ahora, en un breve lapso de tiempo, dos álbumes de notable factura y cuidada elaboración por parte de sus autores?

Aventuro algunas explicaciones. La primera, seguramente la que tiene visos de ser la auténtica, la casualidad. En un mundo de (prácticamente) infinitos autores buscando historias, estas cosas suceden. Ahora vayamos a una segunda explicación, probablemente falsa, pero indudablemente más sugerente. El Israel de 1948 es un marco excelente para desarrollar historias de las que tienen potencial para quedar marcadas en nuestro recuerdo. ¿Que qué características tienen estas historias? Sin ambición para hacer grandes teorías, sí que me parece obvio que si son capaces de decirnos algo de nuestro presente y ofrecernos alguna de las grandes disyuntivas humanas que parecen subyacer en todas las narraciones que nos mueven y nos conmueven, entonces estamos ante una historia que puede llegar a ser grande. El Israel de 1948 proporciona, de antemano, un contexto excelente en ambas dimensiones.

Tanto en Mezek como en Café Budapest nos resuenan ecos que nos son próximos, aquellos propios de los momentos en que todo cambia, nada se puede dar por descontado y el futuro es, como poco, incierto. ¿Les suena? Afortunadamente sin el elemento de la violencia extrema ni el dramatismo (confío), nuestra actual crisis europea nos hace especialmente sensibles, y quizás proclives, a revisitar otras crisis. En este contexto, tan extremo (repito, especialmente el Israel de 1948; menos, espero, el nuestro), las fortalezas y fragilidades humanas, sus disyuntivas, se tornan mucho más agudas y apreciables. El vecino que pasa a ser enemigo, el atractivo del oportunismo, el pasado que lastra el futuro, el amor sin esperanza, la victoria inesperada,… y mucho más se encuentran en las páginas, tan diferentes entre sí, de Mazek y de Café Budapest. Si, de forma harto improbable, nos encontramos ante el inicio de un género en sí mismo o, de forma mucho más verosímil, ante una feliz coincidencia, el tiempo lo dirá. Por el momento, disfruten de dos grandes historias.

PS: El Israel contemporáneo también está dando mucho juego comiquero. Sólo hay que leer las excelentes y recientes Crónicas de Jerusalén de Guy Delisle (Astiberri, http://www.astiberri.com/ficha_prod.php?cod=cronicasdejerusalen) y Una judía americana perdida en Israel de Sarah Glidden (Norma Editorial, http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/012006039/0/una_judia_americana_perdida_en_israel).

Para saber más:

Entrecomics, como siempre, nos ofrece información más que útil:

http://www.entrecomics.com/?p=18733 (sobre Café Budapest)

Trazos en el blog, otra referencia inexcusable, también nos interesa:

http://trazosenelbloc.blogspot.com.es/2012/02/mezek-de-yann-andre-juillard.html

Para los zapicoadictos (presente!), un paseo por http://alfonsozapico.com/ es muy recomendable

Uno tiene la sensación que, a trancas y barrancas, contra los vientos de crisis seculares o coyunturales, frecuentemente a un ritmo excesivamente moroso y, en fin, con todas las limitaciones que se puedan concebir, se van finalmente cubriendo algunas de las ausencias más clamorosas de clásicos extranjeros todavía no traducidos al español. Al menos en literatura (para muestra, sirva el botón del Babelia, suplemento cultural de El País, dedicado a nuevas traducciones de clásicos, del pasado 17 de marzo).

En materia de cómic y novela grafica esta necesaria tarea de paliar algunas de las carencias más vergonzantes está injustificadamente retrasada. Afortunadamente, la publicación de este pequeño gran clásico que es Max y Moritz, Una historieta en siete travesuras, de Wilhelm Bush, editado por Impedimenta, representa tanto una alegría como un motivo de esperanza lectora en estos tiempos un tanto tenebrosos.

Max y Moritz (publicado originariamente en 1865) está considerado, de forma totalmente ajustada a la realidad, como un antecedente fundamental del cómic (y en particular, una inspiración obvia del influyente The Katzenjammer Kids de Rudolph Dirk, aparecido en 1897 en el New York Journal del magnate  Randolph Hearst; ya saben, éste último el personaje del que se alimentó, con poco aderezo de ficción, Orson Welles para crear su Ciudadano Kane).

Aunque tuvo dificultades para ser publicado, pronto sería considerado como la pieza de ficción fundamental de literatura infantil del mundo germano parlante. En apenas siete pequeñas historias, correspondiente a siete deliciosas travesuras, dos personajes (dos traviesos definitivos) entrarían en el imaginario colectivo de los niños alemanes, suizos y austríacos.

¿Las vías de entrada en el Olimpo de la imaginación de pequeños (y adultos)? Fundamentalmente, dos. Primera entrada, un texto rimado de una eficacia insospechada. Aquí el trabajo sobresaliente de Víctor Canicio en las siempre difíciles tareas de la traducción merece especial elogio.  Segundo anclaje, un dibujo insultantemente moderno, de trazo simple y dinamismo extremo, fruto de una pluma extremadamente dotada para la caricatura (¡Ay, ese siglo XIX, qué bueno que fue para la caricatura!). Combinados ambos elementos, obtenemos para nuestro disfrute una pequeña delicia a la que seguramente revisitaremos en múltiples, y gozosas, ocasiones. Todo ello aderezado, por cierto, con una edición de extremada calidad. Coincido con Sergio Vila-Sanjuán, entre otros muchos degustadores culturales, que Impedimenta está haciendo las mejores ediciones del momento en España. Este Max y Moritz confirma esta labor exquisita, que nos proporciona un auténtico, y ya perdonarán el tópico, festín para los sentidos.

Lo dicho, no permitan que los prejuicios (que si es una obra infantil, que si un texto rimado es una barrera, etc.) les alejen de este clásico de todos los tiempos (incluyendo, y muy especialmente, los nuestros).

Para saber más:

Se puede empezar por un vistazo al enlace editorial de Impedimenta, siempre muy rico en información: http://impedimenta.es/libros.php/max-y-moritz

Muy interesante es, también, el perfil de Wilhelm Busch que ha preparado el Goethe-Institut: http://www.goethe.de/kue/lit/prj/com/pck/ckb/esindex.htm

Finalmente, un bonito tráiler, para acabar de hacer boca: http://www.youtube.com/watch?v=HYnSwVdR6J8&feature=youtu.be

Un clásico de la línea clara y de la aventura. El último volumen doble de las andanzas de Blake y Mortimer, “La Maldición de los Treinta Denarios”, mantiene el sabor de aventura añeja, trazo preciosista y personajes finamente delineados que caracterizan a la serie. Seguramente, una de las mejores historias de la colección.

El recientemente publicado segundo volumen de “La Maldición de los Treinta Denarios” cierra exitosamente los interrogantes que la primera parte de la historia, publicada en nuestro país hace cerca de un año, dejaba abiertos. A mi juicio, tomados ambos volúmenes en su conjunto, se trata de una de las mejores aventuras de la serie de Blake y Mortimer, incluyendo tanto aquellas cuyo autor es Edgar P. Jacobs como las que han ido construyendo los equipos de dibujantes y guionistas sucesores. En esta ocasión, desarrollan un guión muy bien concebido por Jean Van Hamme dos equipos distintos de dibujantes, el formado por René Sterne y Chantal de Spiegeleer como dibujantes y Laurence Croix dando el color (en el primer volumen) y, en el segundo de los volúmenes, el que integran el dibujante Antoine Aubin y Étienne Schréder como colorista.

 “La Maldición” perfila excelentemente el carácter de los protagonistas y de los secundarios de la historia en un contexto histórico y geográfico, Atenas y la Grecia rural de 1952, documentado de forma cuidadosa. Aunque personalmente encuentro que el primero de los volúmenes aventaja al segundo, el conjunto se puede considerar notablemente equilibrado. Además, seguramente valoro con exceso de bondad dicho primer capítulo, ya que junto a mi debilidad por las ciudades dibujadas, y esta Atenas de “La Maldición” es absolutamente magistral (en unas pocas viñetas uno se siente inmediatamente transportado a barrios, como la Placa, que en la actual Atenas todavía mantienen la atmósfera añeja de la ciudad en la década de 1950), dicho primer capítulo también se beneficia de mi querencia por la arrancada de las aventuras más que por sus finales. Si además se le suma un elemento trágico en la vida real, que es la inesperada defunción de René Sterne con la obra en curso y la finalización de la misma por su compañera Chantal de Spiegeleer, se entiende que el primer volumen se mantenga en mi seguramente sesgado juicio como superior al segundo (repito, sin que este ligero desequilibrio rompa un conjunto bien ancorado por el guión de Van Hamme).

 En dicho conjunto vamos a encontrar, adicionalmente a los elementos anteriormente reseñados, mucho ritmo, ya que, por supuesto, este dinamismo está en los genes del género de la aventura, como también responden a los cánones de dicho género valores de los protagonistas como la amistad a toda prueba, el sacrificio, la confianza indestructible en sus socios de peripecias y la capacidad de perdonar los deslices igualmente inevitables, por no mencionar la obligatoria mezquindad de los villanos de la historia. Tampoco se encuentran a faltar giros inesperados en la trama y algún misterio que se va desvelando paulatinamente. Un buen final con elementos sobrenaturales, esto es, conforme al espíritu de toda la serie, cierra una lectura absolutamente recomendable. Lo dicho, y con el respecto debido a los clasicistas que consideran en otro orden de valoración todo lo que salió de las plumas y los pinceles de Edgar P. Jacobs, una de las mejores aventuras Blake y Mortimer.     

Enlaces editoriales:

http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/010400019/0/blake_y_mortimer_19._la_maldicion_de_los_treinta_denarios_(tomo_1)

http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/010400020/0/blake_y_mortimer_20._la_maldicion_de_los_treinta_denarios_(tomo_2)

Blain vuelve a recordarnos con Quay d’Orsay que es uno de los dibujantes más dotados de su generación. La obra, además, ofrece un guión que funciona perfectamente y que proporciona mucho, mucho más que una mera visión irónica de la política. No se la pierda, estimado lector.

No se dejen despistar. De la nueva obra de Christopher Blain se ha destacado con monomaniaca insistencia que se hace un retrato irónico, caricaturesco y ácido del antiguo Ministro de Exteriores, y posteriormente Primer Ministro, Dominique de Villepin. Se trata, aparentemente, de acercar la obra al ascua del terreno trillado de la desafección política. Esta es una clave de lectura tramposa, ya que ustedes, estimados lectores, no van a encontrar un chascarrillo fácil con el único afán de vilipendiar a un político que es todo un personaje público en Francia. No, lo que van a hallar es mucho, mucho mejor. A poco que se dejen llevar, y no les va a costar demasiado dado el oficio de Blain y el conocimiento de Lanzac (pseudónimo de un exconsejero de De Villepin), ustedes se van a ver inmersos en la febril dinámica interna del Ministro y de su gabinete, y en este tsunami de actividad, ideas, medios, envidias, cortoplacismo, urgencias, no van a poder evitar empezar a apreciar al Ministro como hace nuestro querido protagonista, Arthur Vladik, un outsider poco bregado por la vida pero que aprende rápido. Vladik, fichado para escribir discursos para el Ministro, va a vivir desde dentro, pero con la mirada todavía poco viciada de la persona externa al sistema, una vorágine de acontecimientos. Vladik, en definitiva, va a ver como, de forma anárquica, contradictoria y venal, el Ministro trata de oponerse a la famosa dinámica que el primer ministro británico Harold Macmillan describió magistralmente –preguntado éste por un periodista cuál consideraba que era el principal reto para un estadista, el respondió: “events, my dear boy, events” - y trata de crear un legado en política exterior.

Este es un viaje divertido, instructivo y con mayor calado de lo que cabría esperar, ya que Blain y Lanzac forman un tándem formidable. Blain, como ya demostró con su personalísima y absolutamente recomendable saga Isaac El Pirata (http://www.normaeditorial.com/catalogo.asp?A/91/0/0/christophe_blain), es capaz de transmitir con su dibujo la subjetividad, la emoción y la expresividad de todos los personajes, protagonistas o secundarios. Una vez nos ha capturado, Blain nos lleva por la montaña rusa de los eventos que asolan al Ministro y sus colaboradores, con firmeza pero sin dejarnos de traquetear página tras página. El dibujo de Blain se ve absolutamente arropado por el guión de Lanzac. El guionista se beneficia de un conocimiento personal de lo que acontece en el seno del Ministerio de Exteriores francés, y convierte esta materia prima en un producto de primera calidad. Todo ello evitando el camino trillado, y falaz, de la crítica con sal gorda y la descalificación populachera del político y sus circunstancias.

En definitiva, Blain y Lanzac nos ofrecen un comic imprescindible para entender mejor el ejercicio del poder político en los tiempos actuales (y pasárselo bien, pero que muy bien, en el empeño), y hacer este viaje desde la empatía de unos personajes excelentemente trazados, en lo gráfico y en el guión. Por tanto, olvídense de prejuicios sobre los maquiavélicos políticos y acompañen al joven Vladik a un viaje iniciático y vean como el Ministro trata de construir algo que pueda legar en un mundo de aconteceres.  

Enlaces editoriales:

http://www.normaeditorial.com/ficha.asp?0/0/012033301/0/quai_d%27orsay_1